La Historia de la calefacción

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  • 03/07/2020

La evolución desde las cavernas hasta hoy en día se ha visto siempre unida desde que el hombre descubrió cómo generarlo. El poder cocinar los alimentos, iluminar la noche y por supuesto, calentar el hogar, propició que el ser humano diera un paso de gigante en su supervivencia. Y al igual que el hombre ha ido evolucionando, el uso del fuego para calentar el hogar también ha sufrido cambios, siempre para aprovechar mejor el calor generado y en seguridad en su uso.Por eso, hoy vamos a repasar como ha sido la evolución de los sistemas de calefacción, desde el fuego de las calderas, hasta los sistemas más modernos de hoy en día.

Descubriendo el fuego

Según indican algunas teorías, el hombre descubrió el fuego, como muchos de los grandes inventos de casualidad, por un accidente. Un accidente que cambió el curso de la historia ya que permitió al hombre conseguir sobrevivir para evolucionar. Estos primeros fuegos servían para poder cocinar y calentarse, uniendo a los miembros de las tribus a su alrededor, dando pie también a la reunión de sus miembros, favoreciendo otros aspectos de la evolución como la comunicación entre individuos. Usando el fuego para poder adentrarse en cavernas, explorarlas y poder adueñarse de ellas, si estaban siendo utilizadas por otros animales, pudieron comenzar a calentar una estancia para dar lugar a la primera “calefacción”. Este rudimentario sistema de una hoguera en mitad de la cueva permitió que la calidad de vida de estos hombres fuera mayor, permitiendo su expansión y evolución.

Saltamos en el tiempo

Avanzamos en el tiempo, viendo como ha ido evolucionando el modo de calentar una estancia o el hogar. Y saltamos bastantes años, hasta un par de siglos antes de Cristo, para localizar un nuevo sistema que se extendió a lo largo del imperio romano, el hipocausto. Este sistema fue usado por griegos y romanos, de los que existen bastantes pruebas en sus ruinas sirven de base para otros que hoy en día se pueden instalar. Este sistema se basa en la construcción de espacios huecos entre las paredes y el suelo, que servían para conducir el aire caliente, expulsando el humo por el tejado. El fuego se generaba bajo la vivienda en un espacio controlado o en el exterior, alimentado por leña y paja.

Gracias a este sistema, se imitó las termas naturales y se construyeron los baños de aguas calientes que poblaron las grandes ciudades tanto de Roma como de Grecia. El sistema utilizado era el mismo que para los hogares, usándolo además para calentar el agua. Pero no solo en occidente se evoluciono hacia este sistema de calefacción. En oriente, los coreanos, hace unos 3000 años, tenían su propio sistema de calefacción, llamado Ondol. La técnica era bastante sencilla, muy parecida a la que utilizaban romanos y griegos. Un fuego alimentado por leña y paja, bajo la casa o en el exterior, producía el calor que calentaba las casas. Ha día de hoy, los coreanos se sienten tremendamente orgullosos de este sistema, considerándolo en un símbolo nacional.Son los precursores de lo que hoy llamamos suelo radiante.

Continuamos avanzando en el tiempo

La caída del imperio romano nos hizo regresar a los tiempos de la hoguera en el suelo, en el centro de grandes estancias, donde el techo estaba abierto para permitir la salida del humo. Poco a poco este tipo de calefacción evoluciono hacia un agujero hecho en la pared y con una salida de humo a través de una chimenea. Este modelo fue tomado de los castillos normandos en los que se utilizaron, de ahí que su construcción se hiciera en una pared. En definitiva, un método mucho más seguro, que evitaba mejor los accidentes. Además de utilizarse para calentar, se utilizaba para cocinar, pasándose a ser uno de los precursores del horno, junto a las chimeneas, en hogares más pudientes, también se usaba una versión del hipocausto romano, que se denominaba gloria.

Esta gloria consistía en un fuego que se encendía en una caldera situada a la entrada de la casa y que era alimentada por leña y paja.  El calor circulaba o bien a través de unos tubos colocados bajo el suelo de la estancia a calentar o bien por el hueco que se dejaba entre el doble suelo que se construía para esta situación. El humo, que también se utiliza para calentar, desembocaba en el húmero y de ahí al exterior a través de una chimenea. Normalmente este sistema calentaba una sola habitación a la que se le denominaba la gloria, de ahí la expresión “estar en la gloria”. En las familias más pudientes, ese calor se repartía en varias estancias.

Avanzamos un poco más

El siguiente avance que se produjo en los sistemas de calefacción en los hogares de todo el mundo, lo trajo la estufa. Por primera vez, desde las hogueras en el centro de la habitación, se sacó la fuente de calor de la pared o el suelo, para llevarlo a un cilindro de metal forjado, con una salida de humos, y con patas para evitar que tocase el suelo. El inventor de esta estufa fue Benjamin Franklin, a la que en un principio se la denominó estufa de Pensilvania, aunque más tarde, se la denominó estufa salamandra, evocando a la salamandra mítica, que era ignífuga. Esta estufa se alimentaba con madera a través de una puerta con rejilla, con un tiro que permitía la regulación de la quema de la madera, y pudiendo regular así su temperatura.

Con la llegada del carbón, las estufas siguieron con su auge, pero no todo el mundo podía permitirse una, por lo que se usaban platos de hierro sobre los que se ponía el carbón calentado y una rejilla encima para evitar accidentes. Es lo que conocemos como braseros de cisco o picón, cada región lo ha denominado a su manera. Esta versión del brasero, con la llegada de la electricidad, cambió y paso a usar resistencias para generara el calor, sistema mucho menos peligroso y que además permitía la regulación de la intensidad.

Aceleramos el paso

Con la llegada de la electricidad y el vapor, se comenzaron a pulir los sistemas que ya conocíamos, permitiendo llevar el calor a todas las estancias de las casas. Los rusos nos regalan el radiador mientras que los americanos nos traen el calentador eléctrico, como ya hemos visto antes. A finales del siglo XIX, Dave Lennox nos trajo el primer sistema de calefacción que más se parece al que utilizamos hoy en día, consistente en una caldera principal conectada a radiadores de hierro fundido por el que hacía circular agua que calentaba la caldera.

Y así llegamos al siglo XX donde el sistema de calefacción está generalizado, ya sea quemando combustibles fósiles como el carbón, el gasóleo o el gas natural, madera, electricidad o aire caliente, y a finales de siglo, gracias a la energía solar.

En la actualidad se han perfeccionado todos estos sistemas, desde el hipocausto romano, la gloria, las estufas o los radiadores, convirtiéndolos en servicios más limpios, seguros y silenciosos, contribuyendo al ahorro energético, con energías sostenibles y respetando más el medio ambiente.

Ha esto le añadimos la tecnología que nos rodea, y nos permite manipular la temperatura de casa sin estar en ella, programar horas de encendido y apagado, y multitud de opciones que se nos abrirán con la mejor implantación de sistemas cada vez más automatizados y que nos permitirán ahorrar energía, o repartidores de costes, que permitirán ahorrar en nuestras facturas.

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